Lo que permanece cuando las cosas cambian

Lo que permanece cuando las cosas cambian

Hace apenas unos días tuve que someterme a una cirugía.

Como consecuencia, tuve que cancelar un evento de aguas abiertas en el que participaría por primera vez. Esperaba esta experiencia con mucha ilusión no porque hubiera una medalla en juego ni porque estuviera persiguiendo algún resultado extraordinario, sino porque fue un regalo que me dio alguien especial y porque se trataba de una travesía en el mar.

No soy atleta profesional ni deportista de alto rendimiento. Incluso diría que no soy una persona competitiva.

Hago deporte de manera recreativa porque disfruto moverme, plantearme objetivos personales y descubrir de lo que soy capaz. Pero, sobre todo, porque uno de los valores que guía mi vida es el autocuidado.

Levantar cosas pesadas, caminar, correr o nadar son algunas de las formas en las que procuro cuidar mi salud física, mental y emocional.

El deporte ocupa un lugar muy importante en mi vida. Una de las cosas más valiosas que me ha dado no tiene que ver con marcas, ni tiempos, ni resultados. 

Tiene que ver con las personas. 

A lo largo de los años he tenido la fortuna de coincidir con personas extraordinarias. Personas que me han enseñado, acompañado e inspirado con su ejemplo. Personas con las que he compartido entrenamientos, conversaciones, aprendizajes y momentos que trascienden por mucho cualquier evento deportivo.

Creo que las actividades que realizamos en comunidad tienen un ingrediente especial de crecimiento humano.

Nos recuerdan que siempre podemos aprender algo de los demás, que no estamos solos en nuestras dolencias y miedos y nos permiten admirar virtudes que quizá también queremos cultivar en nosotros mismos. Nos ayudan a crecer.

Entiendo de donde nace mi tristeza al cancelar este evento. No es por la competencia en sí, sino por todo lo que representaba: una experiencia nueva, un viaje en grupo, un reto personal y una oportunidad más para seguir aprendiendo.

Sin embargo, conforme pasaron los días, me di cuenta de que la verdadera reflexión no tenía que ver con la natación. Tenía que ver con algo mucho más profundo.

Vivimos en una cultura que constantemente nos invita a definirnos por lo que hacemos: Nuestra profesión, nuestro trabajo, nuestros logros, nuestros proyectos, nuestras marcas, nuestros bienes materiales, nuestro rendimiento.

Pero la vida tiene una forma muy particular de recordarnos que muchas de esas cosas son temporales.

  • Una lesión puede alejarnos del deporte durante un tiempo.
  • Una enfermedad puede obligarnos a detenernos.
  • Un cambio inesperado puede modificar nuestros planes.

Y entonces aparece una pregunta incómoda pero necesaria:

Si mañana desapareciera aquello con lo que hoy me identifico, ¿qué quedaría de mí?

¿Qué pasaría si pierdo mi trabajo, si no puedo continuar haciendo deporte, si debo cambiar mi lugar de residencia, si pierdo a alguien que quiero?

Quizá por eso esta experiencia me ha llevado a reflexionar sobre algo que los filósofos estoicos enseñaban hace muchos años: la importancia de distinguir entre aquello que está bajo nuestro control y aquello que no lo está.

  • No tengo control sobre el resultado de un estudio médico.
  • No tengo control sobre la velocidad con la que mi cuerpo se recupera.
  • No tengo control sobre muchas de las circunstancias que aparecen en mi vida.

Pero sí tengo control sobre la manera en que decido responder a ellas.

Puedo elegir la paciencia. Puedo elegir la serenidad. Puedo elegir la gratitud.

A veces nos sorprendemos deseando cosas sobre las que no tenemos ninguna influencia real.

  • "Ojalá todo salga bien."
  • "Ojalá los resultados sean los que espero."
  • "Ojalá las cosas ocurran como las imaginé."

Pero quizá una mejor aspiración sería:

"Ojalá tenga la fortaleza para recibir con calma aquello que venga."

Porque la serenidad, la paciencia y la capacidad de adaptarnos sí dependen de nosotros.

El resultado, muchas veces no.

Durante mucho tiempo pensé que el alto rendimiento consistía en avanzar más rápido, lograr más cosas o exigir más de uno mismo.

Hoy creo que implica algo más. Implica saber escuchar al cuerpo. Saber modificar el ritmo cuando las circunstancias lo requieren. Saber detenerse cuando es necesario. Saber respetar el tiempo natural de los procesos.

En Be Better hablamos frecuentemente de rendimiento, pero cada vez estoy más convencida de que el verdadero alto rendimiento humano no puede medirse únicamente por los resultados que obtenemos.

  • También se mide por nuestra capacidad de adaptarnos.
  • Por la manera en que enfrentamos la adversidad.
  • Por la serenidad que conservamos cuando la vida cambia los planes.
  • Por los valores que seguimos eligiendo cuando las circunstancias dejan de ser favorables.

Las competencias pasarán.

Los proyectos terminarán.

Los resultados llegarán o no llegarán.

Habrá etapas de avance y etapas de pausa.

Pero si hemos construido nuestra vida sobre valores como la gratitud, la disciplina, la serenidad, el aprendizaje y el cuidado de nosotros mismos, entonces siempre habrá algo que permanezca cuando las cosas cambien.

Y quizá ahí es donde encontramos nuestra identidad más auténtica: no en lo que hacemos, sino en la forma en que elegimos vivir.

 

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